La lucha es continental | Gabriela Rivadeneira

Ecuador

 

Al igual que en Brasil y Argentina, de la misma manera que en el Ecuador, la campaña de desprestigio es llevada adelante por un entramado que reúne a la prensa concentrada y a las viejas élites políticas y económicas.

Es una consigna que repetimos siempre. Sin embargo, vuelve a sorprendernos su actualidad cuando nos encontramos en otros países de la Patria Grande.Apenas puestos los pies en Montevideo, nos topamos con un escenario conocido: el gobierno del Frente Amplio, la coalición de fuerzas de izquierda y progresistas que viene conduciendo al Uruguay desde 2005, es hostigado en el Congreso por una derecha que enarbola de manera hipócrita, sin sustento y con clara intencionalidad política la bandera anticorrupción.

Del acoso no se salva ni Pepe Mujica, emblema de honestidad y compromiso ético en la región y en el mundo. Y, como en todos nuestros países, al igual que en Brasil y Argentina, de la misma manera que en el Ecuador, la campaña de desprestigio es llevada adelante por un entramado que reúne a la prensa concentrada y a las viejas élites políticas y económicas. Se trata de un asedio mediático-judicial que apunta a los líderes del campo popular y progresista con el fin de inhabilitarlos y acabar con nuestros procesos, hiriendo sus perspectivas electorales.

El motivo de mi visita al Uruguay: la invitación a ser parte del Seminario “La Continentalidad de la lucha en el siglo XXI. El rol de las izquierdas” y a asistir al X Congreso del Movimiento de Participación Popular (MPP), integrante del Frente Amplio y del cual Pepe Mujica es miembro fundador.

Conversando con compañeras y compañeros de países hermanos, es increíble constatar cómo en todas partes la derecha ha montado un escenario idéntico de judicialización de la política. Lo decía yo en septiembre del año pasado: el recurso es “despolitizar el debate, reducirlo a una multitud de querellas judiciales, para desprestigiar a quienes han representado y van a seguir representando una opción soberana y popular frente a la hegemonía de las élites, el gran capital y el eje del Norte” (“Ellos y nosotros: las contradicciones éticas fundamentales”, El Telégrafo, 27/09/2017).

Hablábamos entonces del “ataque concertado en el que los medios de comunicación hegemónicos asumen el lugar de oposición política de los procesos progresistas, allí donde esa oposición aparece fragmentada o debilitada, en un escenario en el que, en muchos de nuestros países, los aparatos judiciales operan también a partir de evidentes agendas políticas”.

Como lo afirmaba Emir Sader: “Decididamente la derecha abandona el terreno económico y político de la discusión y se  desplaza al terreno judicial. Como no logra ganar en la arena democrática en casi ninguno de nuestros países entonces busca la judicialización de la política, intentando sacar de la vida política a líderes populares de amplio apoyo en la sociedad.Intentan descalificar todo el proceso de inmensa democratización social que los países latinoamericanos gobernados por fuerzas progresistas y de izquierda han vivido en estos años”.

Sería ingenuo no ver en este asedio mediático-judicial constante a las figuras políticas emblemáticas del gran arco popular y progresista latinoamericano la mano de una derecha que, a nivel continental, opera a través de dos brazos primordiales: los aparatos judiciales y el poder mediático concentrado. Ambos tienden en toda la región a configurar entramados hiperpolitizados dirigidos al ejercicio de una labor constante de erosión de la credibilidad y la legitimidad de procesos y figuras. Porque, no nos engañemos: lo que está siendo judicializado por los poderes fácticos tradicionales es una política, es todo un ciclo de construcción política que desplazó en un conjunto de países de América Latina a las fuerzas tradicionales y a las élites económicas del manejo de lo público. Y este asedio sistemático ocurre en momentos en que se recomponen espacios y liderazgos fundamentales del progresismo: Lula en Brasil, Cristina en Argentina, con gran respaldo popular y enormes posibilidades de volver a conducir los destinos de sus pueblos.

Frente a esa agresión concertada, estamos obligados a cerrar filas en defensa de nuestros proyectos y de nuestros líderes. Esta es una tarea primordialmente de la militancia, de las bases de nuestros movimientos, que con conciencia y claridad política deben afrontar el desafío de no dejarse arrinconar en el plano defensivo, que es precisamente lo que busca esa arremetida de la derecha. Acorralarnos, ponernos a la defensiva, arrojarnos a un rincón oscuro, destituirnos de la dignidad de la palabra, para que desde ese escenario inapelable de sentencia mediática construido por ellos nos pongamos a justificarnos y a defendernos como podamos.

No es aceptando ese escenario que vamos a dar una lucha efectiva a la corrupción; no es dando plataforma a quienes hacen de la bandera anticorrupción un caballo de Troya que encierra a oscuros personajes ligados a la corrupción orgánica de las décadas de entrega neoliberal. Es, al contrario, con claridad de objetivos políticos, con fidelidad a la esencia de nuestros proyectos democratizadores, de defensa y expansión de lo público, que vamos a poder dar con éxito, entre otras batallas fundamentales, la batalla contra la corrupción.

El encuentro de Montevideo nos sirvió para reconocernos y reafirmarnos como parte de una lucha común, en la que nuestros movimientos y partidos de izquierda, en la que todas las fuerzas del campo popular, latinoamericanista y progresista tenemos que avanzar en un camino cada vez más fraterno y de unidad, con clara conciencia de los intereses sociales, económicos y geopolíticos que enfrentamos, sin renunciar jamás a nuestras banderas históricas y a nuestras batallas fundamentales por la soberanía, la integración y la justicia social.

Dos de los líderes de mayor estatura continental de la Patria Grande tuvieron a su cargo la apertura del Congreso. ¡Un lujo para todos los presentes! Rafael Correa, que recordó la centralidad de la batalla comunicacional que nuestros procesos no pueden abandonar si quieren avanzar hacia un Estado popular y hacia una democratización de las relaciones sociales en beneficio de las grandes mayorías, y el anfitrión, Pepe Mujica, que hizo una reivindicación de la política en su sentido más elevado y más auténtico.

Dejamos Montevideo con la convicción de que debemos fortalecer un frente progresista común latinoamericano, para el cual cada retroceso en un país es un retroceso en todos, y cada victoria es una victoria del conjunto.

Artículo publicado en Telesur