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El MPP es una organización joven, pero enraizada en un sustrato profundo. La gran mayoría de las organizaciones y personas que participaron de esos iniciales acuerdos provenían de experiencias anteriores a la dictadura 1973–1985, sobre todo de las luchas sociales y políticas de la década del 60. Esa generación política fue el principal blanco de la dictadura, sus integrantes fueron desaparecidos, asesinados, encarcelados o debieron exiliarse, diáspora que contribuyó a la dispersión ideológica, política y organizativa. Incluso la misma idea de Frente Amplio estuvo en cuestión durante esos años.
Tras una década de dictadura, hacia 1983 comenzaron a consolidarse las resistencias en el país, actividades en las que se abría paso una nueva generación, casi desprovista de referentes. Contra el parecer de esa intransigente corriente militante, pero apoyada por casi todos los sectores organizados, en 1984 la dirigencia del Frente Amplio asumió una estrategia de priorizar la legalización y la participación electoral, a cambio de aceptar elecciones con los dos principales candidatos proscriptos, Ferreira Aldunate (Partido Nacional) y el general Líber Seregni (Frente Amplio).
Tal como estaba previsto, en esas elecciones ganó el Partido Colorado y fue presidente Julio María Sanguinetti. Dentro de las primeras medidas del gobierno civil se cuentan la amnistía para los presos políticos y la restitución de los funcionarios públicos expulsados por la dictadura. Dos años después, cuando el Poder Judicial se despegó de la prudencia con que se adaptaba al nuevo régimen y comenzó a investigar las violaciones a los derechos humanos, el Parlamento votó la Ley de Caducidad para asegurar la impunidad de los militares, impidiendo que fueran llevados ante un juez por los crímenes cometidos. Frente a esto un amplio movimiento popular comenzó la recolección de firmas para llamar a un referéndum que anulara la ley.
La refundación del Frente Amplio en 1984 se hizo sobre la base de cinco sectores. La lista 99, sector batllista escindido del Partido Colorado en 1970 detrás del senador Zelmar Michelini, asesinado en Buenos Aires en 1976; el Partido Comunista, fundado en 1921; el Partido Socialista, quince años más viejo; la Democracia Cristiana, fundada en los 60; y la IDI (Izquierda Democrática Independiente) grupo recién armado con restos del naufragio, definido como izquierda nacional, tercerista, y crítico de la estrategia que predominó en la salida democrática.
La IDI intentó ser el correlato político que canalizara la oposición social emergente, a la vez que la continuadora de ese espacio que se situaba en la izquierda de la izquierda, muy fuerte en 1971. Pero el proyecto tal vez era prematuro, y debía esperar la recomposición de los sectores más golpeados por la dictadura, por la derrota y la dispersión. Había expectativa sobre la evolución del MLN, sin duda un referente histórico, expectativa que tuvo que dejar madurar las circunstancias.
Con la amnistía de marzo de 1985 los tupamaros comenzaban un largo periplo de recomposición humana y política, de discusión interna, a la vez que recorrían el país hablando y escuchando en las esquinas y plazas. Los viejos dirigentes, en la calle tras más de una década de duras condiciones carcelarias, manifestaron su propósito de luchar “en el marco de la legalidad vigente”, sin desechar definitivamente la lucha armada pero sin dar pretextos para agresiones “contra los trabajadores, el pueblo o la democracia parlamentaria”. Nótese que en un momento de revalorización del regreso a la democracia ésta era definida por el MLN como “legalidad vigente” y “democracia parlamentaria”, marcando la falta de otros contenidos (hubo quienes definieron el régimen como “democracia tutelada”).
Tres años duró la recomposición. En diciembre de ese año 1985 los 1300 integrantes del MLN, en su III Convención, reafirmaron “el carácter estratégico de la unidad de la izquierda” y la valoración del Frente Amplio como “la síntesis política posible de las luchas del pueblo uruguayo” en esta etapa. En abril de 1986 el MLN pidió ingreso al Frente Amplio, quedando en espera. En 1987 realizó su IV Convención y definió su política de alianzas en un acto público. En ese acto, realizado en el Estadio Franzini, hubo tres discursos -Mujica, Fernández Huidobro y Sendic- que expresaban tres énfasis, tres visiones de la coyuntura y del futuro, tres aspectos de una síntesis política que buscaba decantarse en la acción del MLN.
Sendic desarrolló las ideas que venía manejando desde que salió de la cárcel. Marcó un programa de soluciones: distribución de la tierra, nacionalización de la banca, no pago de la deuda externa, aumentos salariales para ensanchar el mercado interno, y “que las industrias y comercios endeudados pasen a los trabajadores” (era el viejo programa de la izquierda, con el agregado del tema de la deuda, que había crecido de forma monstruosa durante la dictadura). Propuso la creación de “un gran frente que se comprometa con estas soluciones”, y dentro de él la unidad de “las fuerzas afines, para darle un impulso a esta salida y a otras más profundas”.
Mujica buscó echar otra luz sobre el planteo de “Frente Grande”: dijo que no era una nueva organización política sino “un camino de alianzas”, ni era alternativa al Frente Amplio, gestado “por esfuerzo y sacrificio del pueblo uruguayo y con muchos chorros de nuestra sangre”. Se trataba de crear, dentro del Frente Amplio, una expresión política “para intentar avanzar hacia formas más vastas de unidad popular, sin por ello perder el trazo de un socialismo nacional, pluripartidista, democrático, participativo”.
Fernández Huidobro ancló históricamente el planteo en Artigas y sus gauchos, en los anarquistas y socialistas del 900, en las vertientes y grupos que en los sesenta y setenta buscaron unirse para radicalizar el proceso. “Tres son nuestras propuestas: el Frente Grande; el Frente Amplio; y un movimiento político que exprese a quienes hoy estamos por el poder popular, pleno, plural, libre, participativo, sin hegemonismos, sin aparateos, solidario, por la unidad sin exclusiones, contra las burocracias, los autoritarismos, los dogmas, independiente”. Y toca un tema delicado por ese entonces: “que tenga, de ser posible, también una expresión electoral a la que vamos a apoyar, porque vamos a participar activamente en las elecciones”. Y también –los equilibrios eran muy importantes- “que sea revolucionario, que luche sin ningún lugar a dudas por la liberación nacional y el socialismo”.
Estos tres discursos enfrentaron la coyuntura política con diferente resultado. El Frente
Grande siguió en el terreno de las aspiraciones futuras, y tal vez su única herencia fuera la idea de que el Frente Amplio no debía levantar vallas a otras alianzas mayores. El movimiento político “por la liberación y el socialismo” comenzaría a concretarse en 1989. Y el planteo más pragmático, más abierto, expresado por Mujica, reaparecería una década después para redirigir el MPP.
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