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A la hora de marcar los caminos a transitar en esos próximos años, en el MPP se consolidaban dos visiones acerca de ese proceso, diferencias que se venían mostrando desde años anteriores en torno a diversos temas.
Diversos hechos del acontecer político fueron consolidando las diferencias, que provocaron la fractura en el Cuarto Congreso del MPP, al iniciarse el año 1999. Los principales voceros de la disidencia, plantearon que se estaba construyendo “un MPP funcional al cambio del FA”, el cual sufría de “sesgo electoralista, avance del personalismo, manejo del carisma y crisis ideológica y de la participación”, transformándose en “un partido tradicional más”. La versión opuesta la daba
Mujica: “Pensamos que se puede navegar sin conceder, sin abdicar, hacia una política de acumulación, no para ser testimoniales sino para incidir en la realidad. Hay que intentar llegar al gobierno y luego pelearlo, y para eso hay que agrandar mucho más la visión y el panorama”.
Precisamente Mujica, elegido diputado en 1994, fue encontrando ámbitos receptivos para su discurso, que incorporaba los planteos de “país productivo” para sustentar las alianzas bosquejadas en 1996. Profundos cambios ocurridos en la sociedad la habían “acercado” a este discurso, tanto el vacío generado en la izquierda luego de la caída del socialismo real, como el abandono del nacionalismo por un Partido Nacional jugado al neoliberalismo, así como el divorcio total y definitivo entre el Partido Colorado y el estatismo batllista. Y junto con esto, la destrucción de las amplias clientelas electorales, la misma modernización de la clase política, que había cortado los antiguos vínculos caudillistas, dejaron márgenes para que creciera esa abigarrada construcción histórica que plantaba las raíces de la izquierda en Aparicio Saravia, Pepe Batlle y los anarquistas, tendiendo un puente hacia las ideologías fundantes de los partidos tradicionales.
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