Disculpen las molestias, pero nos siguen matando | Lilián Galán

Fotografía de Lilián Galán en la cámara de diputados

Un nuevo 8 de marzo nos encuentra juntos, en un escenario que ojalá implique un punto de inflexión. Lamentablemente nos acostumbramos a llevar la cuenta de muertes de mujeres a manos de sus parejas o ex parejas: a la fecha en que escribimos este artículo se han registrado 8 muertes desde el comienzo del año. Y esta es la expresión límite de la violencia machista, mucho más sufrimiento queda oculto debajo de esa cifra.

La situación se vuelve acuciante y por tanto se necesita una pluralidad de acciones para enfrentarla. Cuando hablamos de violencia de género debemos ponernos de acuerdo en qué significa para poder tomar “medidas” que no sean solo un paliativo.

La violencia de género es un problema estructural, dado que se asienta en la base de las estructuras sociales, sobre unos cimientos de poder-sumisión establecidos por el patriarcado a lo largo de la Historia.

Esto significa que no se debe a rasgos singulares, concretos y patológicos de un grupo de individuos, sino que tiene rasgos generales organizados de una forma cultural que define las identidades y las relaciones entre los hombres y las mujeres. La violencia contra las mujeres se da en una sociedad que mantiene un sistema de relaciones de género que perpetúa la superioridad de los hombres sobre las mujeres y asigna diferentes atributos, roles y espacios en función del sexo. Es una violencia que, históricamente, se sustenta en unas formas, modos y costumbres culturales que toleran y admiten socialmente que los hombres utilicen la violencia para afianzar su autoridad y mandato.

Esa es su base estructural e ideológica. Pero hay una causa esencial en la violencia de género: el “convencimiento” por parte del hombre de su superioridad y primacía sobre la mujer.

Un hecho es evidente: si no hubiera sido por el trabajo de las mujeres, las condiciones de reproducción de la humanidad habrían tenido otro sustento, o nuestras sociedades no habrían alcanzado el nivel de desarrollo actual. Dicho de otro modo, y utilizando el concepto marxista de extracción de plusvalía, parte de la riqueza acumulada hoy en el mundo surge del trabajo no remunerado aportado por las mujeres a lo largo de generaciones y hasta hoy.

En este sentido, si miramos la realidad de nuestro país vemos que a pesar de que la legislación reconoce iguales derechos, eso no se traduce en un cambio de situación. Como ejemplo, si miramos el mercado laboral, una causa de la peor inserción de las mujeres es la fuerte división social por género del trabajo, que lleva a que los hombres realicen mayor cantidad de horas de trabajo remunerado en el mercado y las mujeres, de trabajo de cuidados en los hogares.

Esto se da así porque se reproduce el modelo de hogar donde el hombre es el proveedor. Más aún, se comprueba que los cargos de jefatura, supervisión o dirección son ejercidos mayoritariamente por varones; por lo tanto, cuando se realiza el corte por género del salario promedio en la mayoría de las empresas se comprueba la existencia de una brecha salarial en detrimento de las mujeres.

Estamos ante realidades y experiencias de vida que vienen desde los orígenes del Estado, y son dicotómicas: mientras a los varones se les vinculó a la ciudadanía activa, a la libertad y a la racionalidad imperantes en lo público, a las mujeres se nos identificó con lo emocional, lo pasivo, la dependencia y su gestión en el espacio privado de lo doméstico.

Pese a esto y gracias a las mujeres que han luchado por visibilizar estas situaciones, la experiencia acumulada sirve para comprender que no es suficiente conseguir el reconocimiento de iguales derechos para ambos géneros, y que para modificar desigualdades estructurales es necesario, entre muchas otras cosas, una legislación basada en acciones afirmativas.

Es así que en este contexto de “emergencia nacional” frente al asesinato de tantas mujeres por ser mujeres, debemos generar tantos hechos políticos como sean necesarios para visibilizar cada vez más el problema.

Creemos que la medida de paro de mujeres es una herramienta que nos permite poner en escenario el problema. Un paro que adquiere carácter de denuncia internacional porque la opresión de nuestro género no conoce de fronteras y se expresa de las más diversas formas en esta sociedad capitalista que reproduce, por su misma lógica de funcionamiento, la relación opresor/oprimido en todos los niveles y ámbitos de relacionamiento humano.

Es AHORA, es hora de Justicia de Género.

Publicado en Diario La República