Acerca del tema de la tierra y el sector lechero | Andrés Berterreche

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Se puede afirmar que escribir acerca de la tierra, y no es la primera vez que lo hacemos, tiene implícita la contradicción de ser tan difícil como necesario.

Difícil porque mayoritariamente no es un tema que esté en las discusiones de carácter permanente; porque muchas veces aparece como “aburrido”; porque tenemos una población principalmente localizada en la zona metropolitana y cuando se trata del interior la población se establece en el espacio urbano; porque en la prensa se le destina poco tiempo y muchas veces, cuando aparece, es en clave corporativa de los ámbitos más poderosos del sector agropecuario, que dista mucho de la verdadera ruralidad.

Y necesario porque no podemos vivir a espaldas del sector que produce directa o indirectamente el 80% de los productos exportables; determina nuestra soberanía y seguridad alimentaria; determina el trabajo y las relaciones de producción de decenas de miles de orientales que venden su fuerza de trabajo o son productores familiares o ambas cosas al mismo tiempo; donde radica buena parte de nuestro futuro ambiental en la medida en que los recursos naturales son al mismo tiempo factores de producción; y donde reside gran parte de nuestro concepto de soberanía como nación.

Es en síntesis una contradicción difícil de superar, pero se tiene la convicción de que hay que dar esta batalla cultural si queremos verdaderamente una patria diferente.

La tierra en Uruguay está en manos privadas en su abrumadora mayoría. Más del 90% es propiedad de particulares y si lo vemos desde la dedicada a la producción, algo así como un 3% está en manos del Estado, en el Instituto Nacional de Colonización (INC), actualmente bajo el concepto de propiedad social. Este porcentaje, aunque marginal, tiene su importancia, ya por su potencialidad para seguir creciendo, ya por la capacidad de plantearse nuevas formas de acceso y producción, ya por los efectos demostrativos sobre el propio sector privado. 

Al tener este recurso un típico encuadre capitalista reproduce los efectos y defectos del sistema en la propiedad, concentración, extranjerización y distribución de la riqueza. Unos pocos tienen mucho y muchos productores familiares tienen poco en relación al total del suelo cultivable. Hay un uso del recurso de manera especulativa, y no confundamos con la vieja visión del campo valorizándose con la tranquera cerrada, eso ya no sucede, sino especulando y al mismo tiempo generándole un uso productivo. También hay rentistas, propietarios de tierra que no la trabajan sino que la arriendan a terceros para su producción.

Las políticas sobre la tierra tienen que ser por lo tanto diferenciales, y no tratar de igual manera lo diferente. 

Es evidente para un país como el nuestro que el desarrollo de las fuerzas productivas es estratégico. Pero hay distintas maneras de promoverlo. Ahí está la diferencia entre las verdaderas políticas de izquierda y las propuestas (si las tienen) del espacio liberal conservador. 

Porque como alguna vez dijo algún adalid del neoliberalismo, se puede traer media docena de mega empresas transnacionales y de esa manera intentar pegar un salto productivo por la vía del capitalismo más descarnado, o, como creemos, desarrollarlo a partir de la participación en la producción de los sectores nacionales y populares dispuestos a producir y dar la pelea desde la ruralidad.

En este sentido Uruguay tiene la dulce problemática de los aspirantes al acceso a la tierra. 

Que son muchos y bien calificados. Y esto tiene las dos caras: la presión por ese acceso pero al mismo tiempo la seguridad de que en un país urbanizado y de espaldas al campo hay ciudadanos que aún desean ser parte de ese Uruguay productivo con rostro rural. 

Y no hablamos de la ilusión falsa de la “granjita feliz” sino de los verdaderos conocedores de esa realidad: los hijos de los productores familiares, los trabajadores rurales que quieren dar el salto hacia la producción, los que se han quedado sin escala para poder tener una vida digna en su propio predio, los que viven con la permanente angustia de la inseguridad en el arrendamiento.

He ahí uno de los roles de esa fantástica herramienta que es el INC. 

Y si se pretende que dé solución a la mayor parte de estos aspirantes, deberá seguir creciendo, como en los últimos años, saliendo de ese marginal 3%.

Ahora, teniendo en cuenta que las cosas se logran por acumulación popular detrás de una idea, si se pretende que este país cambie en este sentido, la lucha por esta propuesta no puede quedar circunscrita solo a aquellos que son aspirantes a tierras. Todas las fuerzas del cambio tienen que verlo como causa más allá del interés particular.

 

 

El paradigmático y estratégico sector lechero

No hay rubros sin importancia en el sector agropecuario. La ganadería de carne y de lana es netamente mayoritaria. Pero la hortifruticultura, con su objetivo hacia el mercado interno, es fundamental a la hora de evaluar la soberanía y seguridad alimentaria. La caña de azúcar también, por todo lo que significa para Bella Unión y su gente. Podemos hablar hasta del impacto reciente del sector forestal con sus luces y sombras.

Pero el sector lechero tiene características particulares que lo hacen especial. Tiene una presencia muy importante de la producción familiar, tiene también una importancia particular en lo que refiere a seguridad alimentaria. Aun siendo un rubro netamente exportable (casi 70% de lo producido va a la exportación) sería impensable prescindir de la producción láctea para el mercado interno. Hay una integración de la cadena productiva mucho más ajustada que en el resto del agro nacional. 

La industria transformadora está en manos mayoritarias de empresas nacionales con una presencia abrumadora de las cooperativas. 

Pero también hay una vinculación con la propiedad y el acceso a la tierra particular. Por ejemplo, el 50% de la producción lechera se establece en campos arrendados. Un 25% de la tierra para la producción directa es de productores vinculados al INC. 

Los tamberos son de los que hacen mayor uso de campos accesorios colectivos: campos de recría, bancos de forrajes, por ejemplo. Y es uno de los sectores con demandas fuertes de acceso a la tierra.

La lechería ha pasado un par de años críticos, 2015 y 2016 han sido de precios ruinosos. A la caída de los precios internacionales de los commodities se han sumado condiciones perjudiciales adicionales (los problemas con uno de los mejores mercados como el venezolano, las decisiones inconvenientes de liberalización de la Unión Europea, etc.). 

A pesar de una crisis profunda y prolongada, el sector está nuevamente poniéndose en marcha, no sin dificultades.

A los propios sacrificios del sector habrá que ayudar desde distintos ámbitos del Estado, volviendo al esquema de las políticas diferenciales, dando una mano a los productores más débiles. 

Ahora bien, siendo un sector en el que la mitad de protagonistas arrienda la tierra, esto se vuelve un valor importante en la ecuación. 

Cuando se pide sacrificios a todos los ámbitos de la sociedad parecería que, los dueños de la tierra que no producen, no se comprometen con nada y esto se vuelve una suerte de impuesto privado, el más inflexible de los impuestos. Tal vez sería interesante pensar alternativas solidarias a este respecto.

La renta del INC es solidaria en la medida en que está regulada por una canasta que fundamentalmente contempla el cambiante valor de los productos. 

No sería entonces demasiado pedir que aquellos que viven de un medio de producción que no trabajan, de la pura renta ajena que este genera, acompañen el riesgo de los que sí trabajan y producen. 

En momentos de crisis debería pensarse en que el valor de esos arrendamientos no supere el valor de la renta cobrada por el INC, al menos para aquellos de menos espalda, es decir para los productores de neto corte familiar.

Cuando el sector esté jaqueado por situaciones externas, sean de precios, mercados o por efectos climáticos, sería un buen mensaje que todos los involucrados aporten a la continuidad de un sector indiscutiblemente estratégico. 

Tal vez así podamos comenzar una discusión nacional sobre la tierra, un tema con muchas más aristas pendientes de abordar.