México resurgente

La victoria electoral del candidato presidencial progresista Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en su tercera postulación, acompañado y contenido por un partido-movimiento que él ayudó a fundar hace cuatro años, el Movimiento Regeneración Nacional (Morena), eje de una alianza electoral de izquierdas más amplia, puede valorarse como histórica en más de un sentido.

Por: Ernesto Alazraki

Como resultado de las políticas neoliberales de enajenación nacional aplicadas durante las últimas tres décadas, México tiene a más de la mitad de su población viviendo en la pobreza con cifras que según las fuentes oscilan entre 50% y 60%, y guarismos de indigencia que varían entre 13% y más de 16%.
Esto es así siendo uno de los países del continente y del mundo con más riquezas disponibles tanto en bienes naturales como en disponibilidad de mano de obra. Su población suma 130 millones de personas según cifras oficiales.

La corrupción en el Estado y la explosiva violencia social y política, procesos ya determinados principalmente por el poder del narcotráfico, actividad indisolublemente ligada a la proximidad de Estados Unidos (EEUU) y a la relación histórica con esta potencia vecina, corroen no solo al sistema político sino a toda la sociedad y a la República como entidad.

Este proceso de degradación, consecuencia del rol del país en la división internacional del trabajo como gran productor, proveedor y ensamblador de bajo costo, recae inexorablemente sobre las élites políticas que asumieron y defendieron esa ubicación subordinada, indigna para una Nación de las dimensiones culturales y las potencialidades integrales de México.

Esas élites tradicionales empezaron a perder estatus y reconocimiento popular desde fines de los años 90 con las primeras derrotas del Partido Revolucionario Institucional. Y el nucleamiento político-empresarial de reemplazo para gestionar ese esquema de subordinación, el Partido Acción Nacional, apenas duró una década y media en la cúspide gerencial y administrativa del Estado antes de caer a su vez.

Ese sistema político en pleno derrumbe y ese poder narco-financiero que socava la República misma, han postrado al país y entregado al capital global no solo su población trabajadora sino también los principales activos en bienes públicos, como las áreas más estratégicas y rentables de Pemex.

Pero a mediano plazo también generaron las condiciones de la acumulación política que dio nacimiento a Morena, fortalecieron la persistencia de AMLO para intentar dar un giro nacional hacia la dignidad y sembraron la cosecha electoral del domingo 1 expresada en una victoria arrolladora, producto de una participación ciudadana inédita en el país (60%).

Esto representa una inflexión muy importante para la sociedad mexicana y sus fuerzas de cambio incluso si AMLO y la coalición Juntos Haremos Historia no mantuvieran siempre mayoría en ambas Cámaras legislativas. Y las proyecciones del suceso trascienden la frontera hacia el norte del Río Grande, y a partir de esto pueden hacerlo hacia otras zonas del mundo.

Sin embargo, debe recordarse que la voracidad con que el capital global y narco-financiero viene fagocitando a la sociedad y las instituciones de México pero también de otros Estados latinoamericanos, se dirige ahora contra las fuerzas que intentarán empezar a realizar el potencial de esa nación. Éstas son el objetivo inmediato de aquellas.

En esa dirección cabe tener en cuenta las feroces y letales -política, simbólica y físicamente- campañas de judicialización de la política e instrumentación de un nuevo tipo de guerra sucia que despliega en toda la región el poder coaligado del gran capital, la derecha política, sus operadores judiciales, los grandes medios de comunicación y el sicariato.

Lo que ocurre en ese sentido en Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador, Venezuela, Colombia y aunque no parezca también en Uruguay, no será menos intenso y seguramente no menos violento en México.

Pero desde la cuna del Zapatismo la victoria progresista ya ilumina el paisaje de oscuridad que se viene cerrando sobre Latinoamérica a partir de las ofensivas reaccionarias en Argentina, Brasil, Chile y Ecuador, el agravamiento de la crisis venezolana, el gobierno de Donald Trump en Estados Unidos y la violenta desestabilización de Nicaragua.

La victoria mexicana acontece solo semanas después de la alta votación histórica cosechada en Colombia por una fuerza progresista con vocación nacional y unitaria. Hay autores que ven la emergencia de una segunda generación de gobiernos progresistas latinoamericanos, hija de la primera iniciada en 1999 en Venezuela e impulsada a partir de 2003 desde Argentina y Brasil.

Si se considera que en los países que conformaron y los que aún conforman esa primera generación de gobiernos, éstos instrumentaron -o intentaron instrumentar, según el caso- reformas estructurales en los Estados y cambios de fondo en algunas áreas de sus formaciones socioeconómicas, esa hora habría llegado para México de la mano del amplio y vigoroso movimiento que gestó a Morena y lleva a AMLO a la Presidencia.

Esto implicaría que, de avanzar este futuro gobierno en aspectos concretos hacia sus objetivos declarados de priorizar a los sectores sociales más pobres y débiles, se genere no solo un fuerte movimiento de placas tectónicas en la sociedad mexicana sino también una onda expansiva en forma de repercusión y expectativa hacia el conjunto de América Latina.

El estado del Estado mexicano, con síntomas de disfuncionamiento, anomia y notoria ausencia en dimensiones clave de la vida social, está intrínsecamente ligado a la economía del narcotráfico y su cultura, que han permeado y cooptado áreas del Estado incidiendo más que éste en la vida diaria de millones y en distintas zonas del territorio.

Un proceso de reformas democráticas y de relegitimación y tal vez refundación del Estado, parece necesario y probablemente indispensable para balancear algunas relaciones sociales básicas que hacen a su existencia soberana. Dado el peso de México en el continente, la expectativa es alta, pero el riesgo de frustración no le va en zaga.