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Mi casa nunca fue una casa militante. Era la casa de una familia obrera, de mujeres descendientes de inmigrantes, viviendo en el Cerro.

 

El año 1999 no fue uno más: yo tenía 11 años en el balotaje y el «fin del mundo» eran los temas de los que recuerdo escuchar hablar. Con mi hermana coreábamos cuanto jingle aparecía en la televisión, entonces mi vieja consiguió en la feria del barrio un CD con canciones del Frente Amplio que escuchábamos en un reproductor chiquito, regalo de reyes.

 

Todavía quedaban reminiscencias del Batllismo colorado en la familia y, en son de paz, ese año se decidió no colocar ninguna bandera en la fachada.

 

La primera en mandar la veda al carajo fue mi hermana. Se iba a un paseo escolar, llevaba una remera blanca y le pidió a mamá que le dibujara una bandera de Otorgués en ella. Luego de mucho rato y dando por perdida la discusión, Marcela le dibujó con marcadores una banderita del tamaño de una caja de fósforos en la pechera.

 

Meses después mi madre lloraba desconsolada, Jorge Batlle había ganado el balotaje. Lo que vino después es historia conocida. Para la campaña electoral del 2004 la situación era otra, éramos adolescentes y ya entendíamos más de lo que pasaba. El triunfo del Frente Amplio era inminente.

 

Mamá me llevó a recibir a los frenteamplistas que venían a votar desde el exterior. Caminamos solas las 10 cuadras que nos separaban de los accesos de la ruta, con una bandera y una caña de esas que si la agarrabas fuerte alguna que otra astilla te clavabas.

 

Cuando llegamos, eso era una fiesta, repleto de vecinos y vecinas. Empezaron a pasar los ómnibus que venían en dirección al Centro.

 

Desde las ventanas salían banderas, manos, sonrisas, llantos, cánticos… Ese día supe que era frenteamplista, que entre todos y todas podíamos reescribir una historia mejor para nuestro país. El 31 de octubre, Tabaré Vázquez ganó en primera vuelta.

 

Lloramos juntas, pero esta vez de alegría. Esa esperanza, que está intacta, es la que nos abrazó y abraza desde hace 48 años a todos los uruguayos y uruguayas.

 

Bettiana Díaz