Una docena de jóvenes caminaba por la noche de un invierno que terminaba. Un muro y una consigna los esperaba. La de esa jornada, allí en el triple límite de Belvedere, La Teja y Nuevo París, era: «Nuestra acción es un grito de guerra contra el imperialismo. Che».

 

Las razzias arreciaban y sabían que, si los agarraban, no la iban a pasar bien. Por ello la discusión de seguridad estaba basada en la velocidad de la acción de propaganda. Se destinaría una palabra a cada uno y dos a vigilar por si había que suspender la pintada y refugiarse en la oscuridad del barrio.

 

El esteta del grupo estaba en desacuerdo, decía que la metodología no permitiría una buena, ordenada y pareja grafía, pero habiendo perdido en la discusión, tomó a su recaudo la palabra «guerra» de la frase.

 

El abnegado llamó al sacrificio y el cómico, para desdramatizar, preguntó si al poner «Che» la barriada no pensaría que era una frase de Pepitito Marrone.

 

Habían logrado terminar cuando el grito de alerta desparramó a los muchachos del Comité para distintas partes del barrio. Al rato se juntaron y volvieron a concurrir al muro para ver su obra. Efectivamente, tenía razón el compañero preocupado por la estética, lindo no había quedado. Pero lo peor fue que la palabra guerra en el apuro había perdido la «e», por lo cual en una operación relámpago y a pesar del compañero responsable de la palabra y de las líneas áureas, se la encajaron como feta de mortadela entre la «u» y la «r».

 

Nunca en mi vida aprendí tanto como en aquel destartalado ranchito de palos y chapa que era mi Comité. Aprendí de política, pero también aprendí de historia, de economía, del barrio, de artes y oficios y de afectos. Y lo aprendí en la discusión, en el diálogo, en la experiencia del veterano y en el cuestionamiento del joven. Lo aprendí en ese ámbito teórico, pero también en cada una de las tareas prácticas.

 

Por suerte, con el pasar de los años, pude constatar que nuestra acción sigue siendo un grito de guerra contra el imperialismo.

Andrés Berterreche