«Lo simple no quita lo valiente». Escribe Sebastián Sabini

6 de marzo de 2026

La percepción que tenemos del tiempo suele ser caprichosa. A veces sentimos que han pasado siglos desde que aconteció algo que sucedió pocos meses atrás. En otras ocasiones nos parece que fue ayer algo que aconteció hace años. En relación con el comienzo de nuestro gobierno, que inició hace solo un año calendario, a veces parece que fue ayer si recordamos la emoción del triunfo electoral. Otras, cuando pensamos en todo el trabajo realizado, parece que fue hace mucho más. Pero, en un caso u otro, no debemos olvidar que el tiempo pautado por las convenciones que organizan nuestro devenir temporal marca que solamente estamos a un año de la asunción del actual gobierno. Esto es importante tenerlo en cuenta, porque las expectativas han sido muchas. Y es deseable que lo sigan siendo. Nuestro gobierno necesita de ellas, pero también requiere que sean realistas, necesitamos tiempo para poder hacernos eco de ellas. Estamos convencidos de lo ambicioso que son los desafíos que nuestro gobierno se ha propuesto, pero justamente por eso, un solo año no es tiempo suficiente para cumplirlos. Ningún gobierno ha logrado cambiar de forma significativa la realidad de un país en tal período de tiempo.

Algo ha definido el accionar de nuestro gobierno desde su inicio: coherencia. El norte del gobierno de Yamandú siempre estuvo puesto en los compromisos de gobierno que llevaron al pueblo uruguayo a darle la mayoría en las urnas. Compromisos enmarcados siempre en los carriles pautados por el programa de gobierno del Frente Amplio. Compromisos que guiaron desde las primeras medidas tomadas hasta los ejes troncales de nuestro presupuesto. Y ellos orientan los desafíos y proyectos que fueron anunciados recientemente ante la Asamblea General.

La mirada retrospectiva sobre este primer año de gobierno no debe perder nunca de vista tanto nuestro punto de partida como el incierto contexto internacional en el que nos encontramos. La herencia que recibimos fue la de una situación fiscal más compleja que la estimada al momento de elaborar los compromisos de gobierno. Ante ello, pese a haber planificado un accionar de gobierno que iba a disponer de un espacio fiscal determinado, terminamos descubriendo al asumir que ella sería menor. Sin embargo, el primer gran mérito a destacar de nuestro gobierno es que ha hecho los máximos esfuerzos por no resignar a ellos pese a esa inicial adversidad. Por el contrario, ha buscado los caminos y estrategias presupuestales así como las reformas posibles de ser aplicadas en el corto plazo para viabilizar el cumplimiento de nuestros compromisos. Además, sumado a ello, a lo largo de este año hemos debido afrontar el desencadenamiento de un contexto internacional más complejo y, peor aún, más incierto. Sin embargo, aún con la misma disponibilidad presupuestal, durante el 2025, año en que debimos funcionar con los números asignados por el presupuesto del Gobierno anterior, logramos garantizar una situación económica favorable para nuestra gente. No perdamos de vista que si en este último tiempo hubiéramos tenido un gobierno de derecha el escenario no sería el actual. A veces la memoria nos juega un tropiezo, pero recordemos que cuando gobernó Lacalle Pou bajaron los salarios, las jubilaciones y las pensiones, y también los ingresos de los hogares porque se llevó adelante un ajuste fiscal en contra de las grandes mayorías. Con el gobierno del Frente Amplio eso no pasó, porque más o menos con los mismos números fiscales las decisiones sobre hacia dónde estarían destinados los recursos y esfuerzos del Estado fueron muy distintas.

Y si de contextos desafiantes hablamos, tengamos presente que estos no se limitaron ni a la economía ni al plano internacional. Todo lo contrario, lo sabemos, lo repetimos, aunque algunas veces parece también que lo olvidamos: nuestro gobierno no tiene mayorías parlamentarias. Sin embargo, ha logrado seguir el rumbo trazado demostrando una altísima capacidad de negociación y de articulación que hizo posible la aprobación de una ley presupuestal con un amplísimo apoyo parlamentario, a pesar de los agoreros de la derrota. A ello sumamos la actitud de lealtad institucional ante los compromisos heredados salvo casos en que el imperativo de resguardo institucional ha sido superior. Destacamos entonces esta actitud propensa al diálogo que no siempre ha sido igualmente correspondida, al menos por cierta parte de la oposición, que ha optado por intervenir panfletaria y anónimamente con carteles que propician más el enfrentamiento que el entendimiento y el debate con altura. Esperamos que estas actitudes no empañen el modo en que nuestro país sigue transitando el desafiante contexto tanto nacional como internacional.

Porque en ese contexto Uruguay es un oasis, tiene estabilidad institucional, libertad de prensa, libertad de expresión, poderes públicos funcionando y división de poderes. Y ese es el camino que nuestro gobierno defiende.

Pasando raya, ¿cómo estamos?

Los grandes números indican que a Uruguay le está yendo bien y está por el camino correcto, no tocamos el cielo con las manos, pero el rumbo es el necesario. Frente a algunos agoreros que predican el declive económico las cifras son contundentes: tenemos récord de empleo y récord de aportantes a BPS; abrieron más empresas de las que cerraron, y se crearon más puestos de trabajo que los que se destruyeron: 26 mil nuevos puestos en un año -19 mil de ellos ocupados por mujeres-, además de un salario real fortalecido (2,3%), el más alto en los últimos 50 años; un aumento de jubilaciones del 6% y la inflación más baja en los últimos 70 años (3.1%). ¿Han existido cierres o achiques puntuales de empresas? Sí, pero han sido eso: situaciones particulares, que responden a decisiones que han tomado sus casas matrices o a contextos de relaciones laborales o de mercado. La economía nacional, contrariamente a esas prédicas, muestra que aumentaron las ventas al exterior tanto por la vía de exportaciones (5%) con más de 13.493 millones de dólares. Entendemos entonces que el balance es positivo.

A lo largo de este año la apuesta de nuestro gobierno fue clara y contundente, focalizada en quienes más lo necesitan para salir adelante, y en quienes nuestro país más necesita atender para seguir existiendo como sociedad. Tal vez eso cueste verlo, porque quienes necesitan ser rescatados por el Estado en este momento no son quienes tienen la capacidad de amplificar su voz en las calles o mediante los medios de comunicación, porque ellos son niños, adolescentes y familias que están apremiados por las necesidades más crueles de la subsistencia humana. Son los sectores de nuestra sociedad que necesitan poder garantizar su alimentación para poder generar espacio en sus vidas para estudiar, y recursos para poder hacerlo. Por eso las primeras medidas, y nuestro presupuesto, han estado orientados a disminuir la pobreza infantil, lo que supone abordar familias y barrios. Por eso, la apuesta ha sido tanto por avanzar ampliamente en seguridad, desde lo que entendemos comúnmente como tal, haciendo que el Estado cobre presencia en zonas que ha abandonado, hasta la seguridad en materia alimentaria, porque si no se come primero, nada más es posible hacer.

Hace años ya que estudios elaborados por la Udelar en materia de inseguridad alimentaria han mostrado que el 40% de adolescentes en algunos barrios periféricos de Montevideo padecen esa situación. Para contrarrestar ello es que hemos aumentado los comedores escolares duplicando el número de niños, niñas y adolescentes que pueden acceder a alimentación digna; por eso construimos, tan solo en 6 meses, 60 comedores en educación media, además del aumento del presupuesto y acciones del Instituto Nacional Alimentación. Por eso duplicamos el número de centros de educación media de tiempo completo pasando de 60 a 120 tan solo en un año, con 20.000 comensales nuevos. Por eso aumentamos drásticamente el número de becas Butiá. Para llevar financiamiento que haga posible el estudio para la población de ingresos más bajos en nuestro país pasando de 14 mil becas a 70 mil. En un mundo cada vez más individualista, más segregado, ante una economía que puja por socavar estructuralmente los lazos de cohesión social, apostar por medidas de justicia social es revolucionario.

A esto, además, hemos de sumar varias medidas más de redistribución de la riqueza nacional: el aumento del Bono Crianza en un 50%; el Bono Escolar, que ya lo comenzaron a cobrar las familias de los quintiles más bajos; el refuerzo de políticas integrales tales como “Crece desde el pie”, el aumento de tickets alimentarios del INDA; la atención a personas en situación de calle mediante el programa de atención “Puertas Abiertas”, el operativo viabilizado tras declarar la Alerta Roja por frío extremo, el refuerzo del trabajo de equipos territoriales; las mejoras en el acceso a la salud, tanto a turnos médicos como a medicamentos, acceso a vacunas y a lentes gratuitos, etc. y ni que hablar de la promoción de nuevos centros hospitalarios.

Los cambios recién empiezan

El progreso en materia de justicia social va a seguir siendo el eje estructurador de nuestro gobierno. No hay posibilidad de alcanzar el bienestar general si una parte de nuestra sociedad permanece en la exclusión. A priori parecerán cosas simples, y así lo ha definido nuestro presidente. Hablar de la revolución de las cosas simples es tremendamente ambicioso. Porque nos propusimos poner sobre la mesa cosas simples que son profundas en la vida de las personas, medicamentos en las policlínicas, que los estudiantes vuelvan a las aulas, que el transporte público no sea un suplicio, vivir en un barrio no sea una condena y la vivienda digna sea un derecho. Esto es justicia social, y en un mundo cada vez menos solidario, el resumen de nuestro presidente fue brillante: “En un mundo desigual, la justicia social es una obligación moral”, en eso estamos.

Nota publicada en Montevideo Portal.

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