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La compañera Nora Castro fue la primera mujer en presidir la Cámara de Representantes de Uruguay y, en el marco del mes de la mujer, nos visitó para conversar sobre lo que fue su experiencia asumiendo esa responsabilidad. A través de un repaso histórico y una serie de reflexiones sobre el lugar de las mujeres en la política uruguaya, conocimos algunas de sus perspectivas en torno a lo que probablemente sea la más antigua forma de dominación. A continuación, la primera parte de lo que fue nuestro encuentro.

  • La política históricamente ha sido un espacio de configuración patriarcal y en nuestro país no ha sido diferente. De 123 presidencias de la Cámara de Representantes, solo tres fueron de mujeres y, en 2005, fuiste la primera de esas tres. ¿Cómo fue el camino transitado hasta ese lugar de gobierno y su relación con las cuestiones de género?

Yo he sido militante prácticamente toda mi vida. Arranqué siendo militante estudiantil en la época que cursaba secundaria y lo seguí siendo cuando entré al instituto normal, al IPA, etc. También fui militante barrial, más ligado a los años previos a la dictadura, en la época del pachecato, y esa fue una etapa en la que había muy poca gente militando a nivel estudiantil.  Esa es una etapa en la que por la condición de mujer, las que militábamos —adolescentes en aquél momento— vivíamos la discriminación que venía del lado de la broma, de las bromas pesadas.

De hecho, si miras el listado de la gente que se movía en la Federación de Estudiantes de Secundaria en aquella época y luego en los movimientos estudiantiles, las mujeres éramos muy pocas y creo que, en ese nivel, la mayor responsabilidad de la institución que se nos podía dar era que lleváramos alguna secretaria, porque tenemos fama de «ordenadas» las mujeres… de que podemos hacer esas tareas. O cobrar, las tareas de finanzas también.

Pero eso no ha variado mucho dentro de la militancia: si una mira los comité de base, son compañeras las que se encargan de las tareas de finanzas. Después el presidente del Comité General es un varón y de ahí para arriba en toda las estructuras se reproducen mucho todos estos problemas de dominación del varón sobre la mujer y sobre sus derechos, que sí, atraviesa prácticamente toda la historia.

De hecho, por ejemplo, el otro día escuchaba a Rita Segato hablar sobre recientes estudios y descubrimientos que estaban haciendo unos antropólogos, quienes llegaron a la conclusión de que en la prehistoria también hubo discriminación de género y sometimiento. Lo cual es bastante interesante, porque tendemos a ligarlo al surgimiento e implantación de la propiedad privada con los pueblos asentándose, etc., pero esto es bien interesante. En realidad eso se fue repitiendo además por mi oficio, mi profesión, yo soy maestra y educadora (porque he seguido otras formaciones) y allí claramente es un calco. Si tuviera que tomar un ejemplo para explicarlo, tendría que ir a las dos tareas que se consideran «naturales» de las mujeres en tanto son casi una extensión de las tareas de lo privado, del hogar.

Entonces yo digo que uno tendría que tomar la Salud, los sindicatos (y en el caso de los sindicatos de las trabajadoras de la educación), y allí, desde siempre, la inmensa mayoría son mujeres (creo que hoy a nivel de educación primaria el 85 % son mujeres y que después en secundaria varía un poquito, pero siempre hay mujeres en porcentajes muy grandes). Sin embargo, en la organización sindical —hasta antes de la dictadura (por tomar periodos más recientes)—, la dirección del sindicato, tanto a nivel nacional como departamental, siempre la ocuparon los varones. Entonces, cuando uno habla dentro de las distintas corrientes (incluso de los feminismos), pero habla con gente que no está al tanto, siempre tiro este ejemplo y pregunto por qué será… ¿serán tan tontas las mujeres? ¿Qué les pasa?

Retomando la situación, pero considerando lo que pasaba durante la dictadura: cuando el enemigo viene no pregunta si sos hombre o si sos mujer. Pero si el enemigo está llevando su accionar adelante por medio de un varón, muy probablemente haya más violencia, hay cierto agravamiento, porque la violencia física que es utilizada, muchas veces va acompañada de una violencia psicológica, verbal, etc., que se hace particularmente más difícil sobre la mujer. Durante la dictadura, bueno, hubo resistencia y cada uno estuvo donde estuvo, pero a la salida de la se da un fenómeno curioso: a nivel de magisterio, en la recomposición de las direcciones de magisterio, empiezan a aparecer más mujeres y además mujeres en lugares de responsabilidad.

Cuando se junta el PIT con la vieja CNT, reconstituida y demás, la primera mujer que ocupa el lugar en el secretariado ejecutivo del PIT-CNT es la presidenta de la Federación Uruguaya de Magisterio y es una mujer (Mabel Pizarro). Ahí creo que de alguna manera hubo un cimbronazo para muchos compañeros y compañeras: ver la discriminación a nivel político y también en las fuerzas de izquierda, en sus distintas vertientes, en sus distintas expresiones, pero luego del 71, con la formación del Frente en adelante, también se reproducen estos criterios.  Entonces, en el 2005, cuando se da el gran giro, el Frente introduce otro elemento rupturista, en este caso porque la fuerza mayoritaria era el MPP (al que yo pertenecía en ese momento) y se propone para la presidencia una mujer…

Y así, por ejemplo, a nivel de prensa se hablaba de la primera mujer y las eternas discusiones, como las del lenguaje, acerca de si el lenguaje tiene que ser inclusivo o no. Incluso dentro de los propios diputados, me acuerdo de Trobo [Jaime] sosteniendo que «no me iba a decir presidenta porque esa palabra no existía: era presidente» (que era hasta gracioso) y ese fue un segundo elemento rupturista, valorado de muy distintas maneras.

«Aún hay mucha gente que no es consciente de esta forma de dominación, quizá la más vieja en la historia de la humanidad…»

¿Si en lo personal registré los efectos de esta discriminación? Es importante tener en cuenta que así como hoy tenemos claro que no hay un solo feminismo, sino que hay varios, también debemos entender que están en un proceso de construcción. Nadie les puede sacar una fotografía como si fuera el todo esférico de Parménides. No, eso no es el feminismo. Los feminismos no solamente son diversos, sino que están en constante transformación. Y una de las pocas cosas buenas que tiene ser vieja es que una puede detectar en sí misma el proceso que tuvo que hacer para descubrir que en realidad sí, había y existía toda esa discriminación.

A nivel político partidario, se expresaba a quienes se les adjudicaban las responsabilidades, pero hay otro proceso que es personal. Yo llegué a descubrir que había incorporado lenguaje y que, de alguna manera, mi discurso oral se había masculinizado. Cuando descubrí eso, me dio mucha bronca conmigo porque no me había dado cuenta antes. De hecho, estaba reproduciendo, reforzando y ratificando una cosa que yo no compartía y que por otros medios intentaba combatir. Digo esto porque pienso que hoy, en el siglo XXI, hay muchas personas —no solo mujeres, porque en ese sentido soy optimista y sé que si este muro no lo pegamos con ambas manos, entre varones y mujeres, va a costar mucho más—, que aún no es consciente de los efectos de la discriminación de este tipo que nace, obviamente, de una forma de dominación. Quizá la más vieja de la historia de la humanidad… Una se va dando cuenta y lo va constatando, haciendo los esfuerzos, para cambiar esa realidad.

«Dar la batalla complementaria contra los pequeños detalles que dejan ver esa discriminación»

A nivel de esta responsabilidad (asumir la presidencia de la Cámara de Representantes), hay un proceso —que muy pocas veces se cuenta— que es cuando terminaba el período de los gobiernos tradicionales y empezaba uno nuevo. El 15 de febrero empezaba la legislatura que le correspondía al FA por haber ganado las elecciones y desde que en el 2004 terminó de sesionar la cámara, se abre un período y se hacen trabajos administrativos. El cambio, para entonces, era muy importante. Nosotros lo percibíamos así, una ruptura, una especie de que no se sabía qué hecatombe iba a llegar acá, y hubo un pequeño subgrupo de entre 15 y 17 compañeros y compañeras, pero mayoritariamente mujeres (y esto lo quiero señalar), que fuimos tejiendo esas cosas. Entre estas, por ejemplo, había que dialogar con el jefe del batallón para pasar revista, tocar la marcha que correspondía y demás…todas cosas de las cuales ninguno de nosotros sabía nada.

Y cuento esto para ver como simultáneamente estaba planteada esa lucha política fuerte, que además se constataba con un larguísimo proceso de acumulación a nivel popular. Recuerdo el diálogo con el jefe de batallón, a quien le solicito que me diga cuáles son las marchas que reglamentariamente se tienen que usar para pasar revista. Entonces, el señor responde que el asunto no está reglamentado.

Le digo «bueno, por favor proporcióneme las que se usan con más frecuencia y marque cuál piensa usted que es la mejor para esta oportunidad». A vuelta de respuesta, me envían un listado simple con los nombres de las marchas y la sugerida. Entonces —mínimos resortes que a una le saltan casi que instintivamente— cuando escucho la sugerida, era la marcha de las Conjuntas. Esto no está relacionado directamente con el feminismo, pero se lo emparenta con mecanismos de opresión. A mi realmente me molestó mucho, como al equipo de trabajo, a todas y todos.

Lo primero que se me ocurrió fue recurrir a Azucena Berrutti, ministra de Defensa para el período. Le conté lo que me pasó y le pedí una mano. Ella me dijo que me quedara tranquila que pronto nos iba a llamar. Poco después, me llama y me dice: «¿sabes qué? Tengo la solución. Encontré la primera y única marcha militar que escribió una mujer en el