Periodismo libre e independiente

27 de diciembre de 2022
Charles Carrera.

Por Charles Carrera

Sin dejar de ser un sistema perfectible —y que está en permanente evolución, acompañando los cambios de una humanidad que no se detiene—, la democracia es la mejor forma que ha encontrado el hombre para organizarse y administrar su actividad.

En ese intrincado proceso de gobernarse, se han ido forjando actores que han robustecido al sistema, dotándolo de los controles necesarios para impedir cualquier exceso, que desvíe o impida cumplir cabalmente con el mandato del soberano.

Es así que los sistemas democráticos se definen como el gobierno de las mayorías sin desmedro del respeto por las minorías. De ahí, la importancia que adquiere la oposición, representante de esas minorías, fungiendo como un legítimo controlador del Ejecutivo en el ejercicio del poder. Un poder que, muchas veces, se incomoda con ese control al que ignora o desprecia al límite mismo de sus potestades, usando el aparato del Estado para disimular sus fallas. Es en ese punto donde se hace imprescindible la participación de otros actores independientes de cualquier interés político o electoral, que investiguen y echen luz sobre asuntos que son de interés público. Esa es la función del periodismo; celosos y pertinaces investigadores que buscan la verdad como noticia.

En estos tiempos que vive el Uruguay, de no ser por el trabajo profesional e incisivo de la prensa independiente, tendríamos la distorsionada versión de una realidad que ya es imposible de ocultar.

Maten al mensajero

Los casos de Marset y Astesiano son dos escándalos de la administración multicolor del presidente Lacalle Pou, los cuales, de no ser por el trabajo profesional y de investigación periodística, los uruguayos nunca habríamos conocido.

Porque fue gracias a celosos y arriesgados periodistas que hoy podemos conocer la realidad de un gobierno que ha sido omiso a veces —y muy activo otras tantas— para beneficio de actores que están presos o son prófugos de la justicia internacional.

De no ser por el trabajo de esos profesionales, hoy tendríamos una realidad distorsionada, maquillada de falsedades; una realidad que siguen negando a pesar del cúmulo de pruebas que se conocen a partir de una investigación periodística que si algo ha demostrado es su veracidad y certeza.

De no haber salido a la luz los chats de Astesiano, su causa se habría circunscripto exclusivamente al tema de los pasaportes. Caso que no deja de tener su relevancia en tanto utilizó la sede del Poder Ejecutivo para su concreción (Torre Ejecutiva), sino que con ellos se conocieron muchas otras aristas que hacen de aquel caso uno de menor cuantía y relevancia.

De no ser por esa filtración, no hubiéramos sabido que desde ese lugar de privilegio se usaron recursos del Estado en espiar a senadores de la oposición para que se les armaran causas que los llevaran a desistir de su denuncia contra el acuerdo ilegal del Puerto de Montevideo con la empresa belga Katoen Natie, por 12 períodos de gobierno.

De no ser por esa filtración, no sabríamos que altas autoridades policiales se prestaban para el uso ilegítimo de recursos públicos en espiar personas (incluida la esposa del presidente), o para realizar investigaciones sin orden judicial alguna, en beneficio propio o de terceros.

Tal como están planteadas las cosas, estos casos se han convertido en una piedra de enormes dimensiones, instalada en una gestión que no puede explicar convincentemente su actuación. Casos que han expuesto al país internacionalmente, afectando su imagen y alejándolo de los lugares de privilegio que supo ocupar anteriormente. Porque, lejos de dar explicaciones y transparentar la información, se han dedicado a negar sistemáticamente lo que la realidad ha demostrado como veraz a partir de la información filtrada. No ha habido, hasta ahora, ninguna información que se haya podido desmentir a partir de lo que se ha difundido en los chats filtrados.

Sin embargo, Fiscalía —que no deja de tener las limitaciones propias de un sistema con recursos finitos— se ha dispuesto investigar la filtración en lugar de concentrar esfuerzos en conocer la verdad revelada por los investigadores de prensa. 

El periodismo ha sido central en la colaboración de una investigación que tiene todo para seguir avanzando y de la que seguramente queda mucho por conocerse. Más que un obstáculo ha sido un aliado valioso que ha permitido avanzar en el que, sin dudas, es el caso de corrupción pública más escandaloso desde la recuperación democrática.

En los últimos días asistimos a un episodio propio de otras épocas, periodistas del diario El Observador publicaron en sus redes sociales, lo que las autoridades del medio no le permitieron publicar, en un increíble acto de censura que tuvo además el agravante de una indebida presión desde el Poder Ejecutivo.

Lo que el propio presidente del Frente Amplio, Fernando Pereira, denunció en varias oportunidades (llamadas del Poder Ejecutivo a medios y periodistas) fue confirmado por los propios periodistas que antes lo cuestionaban, en una demostración —inequívoca— de una forma de presionar a los medios de comunicación cuando lo que se informa no es del agrado del gobierno.

Hoy, más que nunca, es imprescindible la prensa libre e independiente que nos demuestra que la verdad se impone siempre a cualquier realidad que se pretenda maquillar.

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