Evidentemente cuando uno crece en un ámbito donde el valor ético del no intervencionismo en los problemas internos de otros pueblos es fundamental se vuelve muy difícil que se pueda mirar con buenos ojos lo que está pasando por estos días con la humanidad.

De un libro polvoriento el niño desempolva el título que dice “El pequeño ejército loco”, de un mecánico devenido en General de Hombres Libres enfrentado a un ejército invasor, su matasellos: un campesino decapitando a un Marine con su machete. Punto raro de unión del orgullo de un abuelo con ideas socialistas y un abuelo conservador pero orgulloso de la posición de Herrera vinculada a la lucha del General Augusto César Sandino.

Rencor por la intervención de Flores y los miles de soldados brasileros y la estoica inmolación de los defensores de Paysandú. Intervención extranjera en nuestra propia tierra.

Y el costo de la ignominia de una guerra de la triple alianza que solo nos avergüenza. La imagen de niños guaraníes que se ponían barbas de algodón para parecer más viejos para ir a la batalla. Intervención extranjera donde participamos y nos avergüenza.

Las tropas argentinas eran conducidas por Mitre, Mitre que alguna vez se autoproclamó presidente (y seguimos con las coincidencias).

Intervención en la Guatemala de Jacobo Arbenz, intervención en Dominicana de Juan Bosch, y podemos seguir. Los mismos resultados, las mismas mentiras, las mismas víctimas.

Y nos fuimos haciendo adultos con nuevas intervenciones, algunas más solapadas como la de Nicaragua y otras desembozadas como la de Granada. O como lo de Panamá, que para llevarse un presidente por narcotraficante (y como les rinde esta excusa cuando está en ellos mismos el mayor consumo mundial), asesinaron despiadadamente de a miles de civiles no combatientes del barrio El Chorrillo.

Ya maduros las intervenciones eran más lejanas, Irak, Libia. Las causas, el pillaje internacional, las excusas la ridiculización de sus líderes, su autoritarismo o los riesgos para la paz. El resultado la destrucción, el caos, el robo, los pueblos que nunca más han logrado la paz.

En este marco resulta patético que un candidato inventado, del Partido Nacional, sea el símil de Venancio Flores en Davos. Llamando a la intervención brasilera en el Uruguay. Sin que sus correligionarios, ni siquiera el que pone trompa y no lo saluda, digan la más mínima condena. ¡General Leandro Gómez, perdónalos, no saben lo que hacen!

Pero lo que pasa en América Latina, con Venezuela, es más alarmante aún. Hemos demostrado cómo se justifican las intervenciones y cuáles son las consecuencias y nada le es ajeno a lo que está pasando en la patria de Simón Bolívar.

Por ello solo el diálogo va a hacer posible la paz. Cualquier otra postura llamará a la intervención, la masacre y el despojo.

En nuestra sociedad puede ser previsible en sectores de opinión que justificaron siempre este tipo de atropellos, pero lo que no deja de asombrar es que aquellos que dicen defender la no intervención, que se llenaban la boca de haber resistido las bases norteamericanas en el Río de la Plata, hoy se pasen a las filas del intervencionismo más descarado y descarnado.

La historia no va a perdonar. Y los cobardes que llamen a la guerra sin poner en riesgo su cómoda seguridad tendrán teñidas de rojo las manos en sangre. Aquí la inocencia no existe.

Andrés Berterreche vía: Equipo 609