
Nota escrita por Lucía Topolansky, publicada en Revista Claim (Italia).
Desde siempre, el ser humano se movió en grupos. La tribu, para los pueblos antiguos, la comunidad, es sinónimo de sobrevivencia, de seguridad. Por eso, el peor castigo en esos tiempos era que te expulsaran de la comunidad. Etnias americanas como los aymara consideraban «pobre es quien no tiene comunidad». Siempre el ser humano supo que su fortaleza residía allí, en estar juntos. A lo largo de la historia, y no por casualidad, han surgido distintas formas asociativas para vivir mejor, llevar adelante el trabajo, emprendimientos, proyectos. Y esto sale también en el plano social y político. Los trabajadores dependientes se organizan para lograr sus reclamos, sindicatos. Se organizan para la autogestión, cooperativas. Los barrios se organizan por sus necesidades territoriales, etcétera. Sobran ejemplos en la vida real. Y en el plano político también nos juntamos tras ideas. Y también hay muchas formas de hacerlo, sabemos que cada ser humano es único y distinto a los otros. Pero eso no nos impide tener historias, cultura, gustos, necesidades, pensamientos, creencias, etc., comunes. Somos seres gregarios. Surgen entonces asambleas, cabildos, agrupaciones, partidos, frentes, etcétera. Hasta aquí lo dicho sintéticamente, en el marco general de la unidad.
Terminadas las guerras de la independencia en Uruguay, las agrupaciones primitivas participantes dieron nacimiento a lo que se llamaron partidos fundacionales, y así diversas corrientes migratorias trajeron ideas nuevas, sobre todo del viejo continente. Empezó, entonces, la construcción de la institucionalidad que llega hasta hoy. Los llamados partidos fundacionales tenían una predominancia total; el resto era casi un archipiélago de ideas dispersas y organizadas, pero pequeñas, casi un decorado para la pluralidad. Pasaba lo mismo entre las organizaciones sindicales. Terminada la guerra de Corea, el estado de bienestar, las industrias de sustitución, es decir, el mundo del trabajo, los términos de intercambio, cambiaron. Empezó otro tiempo, crisis, falta de mercados, de trabajo, y fue entonces cuando muchos se empezaron a hacer la pregunta: ¿hay otro Uruguay posible?. La consecuencia fue la convocatoria al llamado «Congreso del pueblo» en 1964, y allí se discutió todo: programa, ideas, organización. Quienes participaron: trabajadores, estudiantes, intelectuales, académicos, pequeños y medianos empresarios: comerciantes, industriales y agropecuarios. Este encuentro tuvo dos consecuencias importantes. En 1965, la creación de la Convención Nacional de Trabajadores (CNT): unidad en la lucha, respeto a la diversidad. En 1971, la creación del Frente Amplio: todos los archipiélagos dispersos u organizados de lo que hoy llamamos progresismo. La consigna, unidad en la diversidad. Hubo conciencia de que unidos éramos más fuertes, pero para ser grandes debíamos incluir la diversidad, los matices, las metas más largas y más cortas, el consenso, lo posible. Fue y es un largo y difícil aprendizaje. Una lucha por no perder la brújula, un saber siempre que nadie se salva solo, un tener presente que algo va a faltar por construir, que el camino es lo permanente, que si estamos todos, funciona y crecemos, que el que se va pierde, que nadie es más que nadie.
Para los partidos más estructurados, con dogmas y verdades casi sagradas fue más difícil. Para los movimientos, los espacios, las agrupaciones, más natural. La regla del juego fue el estatuto, la meta periódica el programa, discutido colectivamente. Grandes conceptos rectores: la igualdad, la distribución, las oportunidades, la pública felicidad, y en un mundo hostil, la paz, la integración. Esos fueron los dos primeros pilares. El tercero, la coherencia, la ética, la apertura.
Por todo esto, es claro que no es lo mismo unidad que unanimidad, y que lo más difícil es construir esa unidad en este territorio diverso pero fermental, que es el que nos permite crecer, vivir, nos permite los desafíos nuevos, asumir los cambios y siempre seguir caminando. Cuando todo el tiempo, todas las miradas son iguales, no caben las dudas ni las preguntas, el riesgo es un paisaje súper prolijo, pero quieto. Este es el fundamento de la primera consigna: unidad en la diversidad. 55 años de camino por ahora nos respaldan. Seguimos caminando. ¿La unidad nace desde el sur? La unidad nace desde la esencia del ser humano, pero el poder es su gran enemigo, divide y reinarás. Como dice la canción de Patxi Andión: «nunca quisiste salvarte solo, porque no hay salvación, decías, si no es con todos».
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