El pasado martes 20 de octubre de 2020, tras presentar su moción de renuncia, el senador, exdiputado, expresidente de la república y compañero de todas las horas, José «Pepe» Mujica, se retiró de la vida política pública. Y lo hizo con un discurso de despedida en la cámara alta que sintetizó toda una vida de lucha y aprendizajes. La materialización del propio sentido de la política como actividad humana, trascendental, paradójicamente, a la vida de toda mujer, hombre o disidencia.

Materialización plasmada, por ejemplo, en las palabras de Óscar Andrade, quien destacó la «capacidad envidiable» de Mujica para «sembrar ideas», así como la de «aprender y articular de todas las formas de lucha y tradiciones». O en las palabras de Mario Bergara, quien reconoció en «Pepe» un «orador y polemista de la vieja escuela, que ha hecho que Uruguay sea admirado en el mundo», así como «un luchador de todas las horas» que «hallará el modo de seguir sumando al crecimiento del FA».

Luego de escuchar detenidamente las palabras de las y los legisladores, con prácticas discursivas que desde todos los sectores del parlamento esbozaron la figura del máximo representante de nuestro Movimiento de Participación Popular como la de un hombre pacífico y fiel a sus convicciones, Mujica comenzó señalando que «hay un tiempo para llegar y hay un tiempo para irse en la vida», agradeciendo la perpetua e infaltable compañía, en «horas duras y otras hasta jocosas».

Y trayendo al parlamento el recuerdo de una de esas compañías que hoy ya no están, Mujica optó por representar sus conceptos en la figura del exministro de Economía y Finanzas, el colorado Alejandro Atchugarry, a quien ante la atenta mirada de toda la cámara alta y las otras cámaras que transmitían la sesión extraordinaria por Internet, recordó como:

«Un liberal de marca mayor, no un liberal en la economía, en la humanística. Supimos ser adversarios sin una ofensa a lo largo de los años. Cuando me tocó ser ministro me llamó por un boliche y me dijo: “‘Pepe’, tené cuidado con esto y esto y esto… y cuando vayas a firmar un papel, fijate que lo haya revisado un abogado de oficio”. Un hombre de categoría superior que no está entre nosotros. Lo quiero nombrar como un símbolo: la bonhomía a pesar de las rispideces del sistema político de este país».

Trayendo esta imagen, Mujica llamó a dejar de lado las grietas que dividen y tanto daño provocan en un país tan pequeño como el nuestro. No sin antes reiterar que se aparta de la vida política pública, dejando esta misión a las nuevas generaciones, porque lo «está echando la pandemia» y porque entiende que ser senador significa ir a hablar con la gente, porque el «partido no se juega en los despachos». A lo cual prosiguió igualmente reconociendo:

«Han sido muy elogiosos, demasiado. Yo tengo mi buena cantidad de defectos. Soy pasional, pero en mi jardín, hace décadas que no cultivo el odio, porque aprendí una dura lección que me puso la vida: el odio termina estupidizando. El odio es ciego como el amor, pero el amor es creador y el odio nos destruye».

Finalmente, Mujica envió un afectuoso saludo a todas y todos aquellos que desde el anonimato y desde cada pueblo lo apoyaron. Y llegando al ocaso de su discurso, recordó, una vez más, que en «política no hay sucesión, hay causas», y que «los hombres y mujeres, todos pasamos; algunas causas sobreviven y se tienen que transformar. Lo único permanente es el cambio. La biología impone cambio, pero tiene que haber una actitud de cambio, de dar oportunidad a nuevas generaciones. Construir. Ayudar a construir el porvenir; ya que la vida se nos va, es inevitable, pero las causas quedan».

Así fue el adiós de la primera línea de la política de José Alberto Mujica Cordano, «El Pepe»… el mismo que triunfó en la vida porque siempre fue sinónimo de lucha, de convicción y congruencia entre sus palabras, que son el reflejo del intelecto; y sus acciones, reflejo del corazón; porque se cayó, pero se levantó una y otra vez. Tal como lo supo hacer nuestro pueblo culminada la dictadura cívico-militar de los setenta. Tal como lo hizo Uruguay en el 2005 y como seguro lo volverá a hacer 20 años después, en el 2025. Como lo hizo la Argentina de Alberto y Cristina, como lo están haciendo en Chile y como lo hará Brasil. Tal como contra viento y marea, con absolutamente todo en contra, lo acaba de hacer la Bolivia de Lucho y Evo.

¡Gracias por tanto y hasta siempre, Pepe!