Como anillo al dedo del proyecto de la derecha

El 13 de marzo el coronavirus llegó en aviones al Uruguay y ahora está circulando en otro tipo de vehículos por todo el territorio nacional. Todos habíamos visto lo que pasó en China, España o Italia, y empezamos a vivir con temor lo que nos cayó como amenaza. El gobierno inmediatamente tomó medidas de intenso distanciamiento social que tuvo como consecuencias la bajísima circulación de gente por las calles, el cierre de empresas con la consecuente disminución del empleo, la enorme caída de la actividad de comercios, sobre todo los más chicos y las dificultades para trabajar que tuvieron y todavía tienen los cuentapropistas y trabajadores callejeros.

Al mismo tiempo subieron las tarifas de luz y agua, y los precios de los artículos de primera necesidad, aumentó el IVA a las compras con tarjetas y el dólar empezó a subir muy por arriba de lo esperado.

Fue un verdadero cóctel que afectó profundamente a los más pobres, pero el gobierno no tomó las medidas de protección que todos (Frente Amplio, PIT-CNT, fuerzas sociales y la Universidad de la República) pedíamos a gritos que se tomaran, acompañando las medidas de restricciones que se aplicaron desde el primer momento.

El gobierno no protegió a los pobres en la misma medida que lo hizo con los sectores empresariales, a los que les protegió el capital porque, al decir de nuestro presidente, será la locomotora que tendrá que sacar adelante el tren de la recuperación económica y social que el país va a necesitar.

El país no va a salir adelante sin inversiones, eso es cierto. Pero el factor más importante para la recuperación económica es el trabajo de los uruguayos, y es absolutamente imprescindible proteger a los trabajadores asalariados y cuentapropistas, a los que no están en ninguna red de protección social, proteger a las pequeñas empresas productivas y comerciales, sobre todo los pequeños comercios barriales: almacenes, carnicerías y panaderías que ayudan a construir esa red de intercambio en la que participan los más humildes.

Eso es lo que el gobierno no hizo: no mostró ninguna voluntad de recorrer ese camino. Afortunadamente, con coronavirus o sin coronavirus, la tradición solidaria de nuestro pueblo sigue viva y se expresó en una cadena de ollas populares que ayudan en gran forma a los que han sido golpeados por las dificultades para hacerse de un peso, parar la olla y mantener la familia.

No quiso prohibir provisoriamente los despidos mientras durara la pandemia. Sin embargo, el Banco Mundial puso a disposición de los países afectados por el Coronavirus un crédito de 150 mil millones de dólares sin intereses, con la condición de que las empresas que lo reciban no puedan despedir trabajadores por pérdida de rentabilidad causada por la pandemia.

A ese combo de nuevas necesidades y nuevas preocupaciones lo llaman la nueva normalidad. Esto no es una nueva normalidad. Es la nueva realidad que nos impuso el coronavirus y la incomprensión de un gobierno que, como siempre, le hace apretar el cinturón a los más humildes y desprotegidos.

Pero no te comas la pastilla. La nueva normalidad, en realidad, es parte del proyecto político de la derecha. El proyecto que va a llevar a la baja los salarios, a las dificultades para conseguir trabajo, a no controlar el aumento del dólar y favorecer a los empresarios que trabajan para la exportación, a la pérdida de derechos, el proyecto que empieza a dejar de lado a las empresas públicas.

No lo dejes pasar. Esta nueva realidad es pasajera y transitoria. No estamos condenados al aislamiento, a estar cada vez más lejos de nuestros padres, nuestros hijos y nuestros nietos, de nuestros amigos. No estamos condenados a tenerle miedo al que tose o estornuda cerca de nosotros, a no abrirles la puerta a nuestros familiares, al que viene a vender algo o al delivery que nos trae un pedido.

Esto, repito, es pasajero y transitorio. La nueva normalidad –la normalidad, con mayúsculas– va a llegar cuando podamos abrazar a nuestros padres, a nuestros hijos y a nuestros amigos. Cuando podamos luchar con todas nuestras fuerzas, sin restricciones, por un Uruguay mejor: por el Uruguay productivo, solidario y con justicia social que necesitamos.

Eduardo Bonomi