
En una actividad organizada por gurises y gurisas del MPP para recordar a José “Pepe” Mujica, Lucía Topolansky compartió una intervención centrada en una idea que atravesó buena parte de la vida política de Pepe: nadie se salva solo. Frente a un tiempo marcado por la velocidad, el aislamiento, el individualismo y la lógica del mercado, Topolansky reivindicó la comunidad como herramienta fundamental para construir sentido, solidaridad y felicidad pública.
“¿Para qué estamos aquí?”, preguntó al comienzo. Y enseguida planteó que no alcanza con juntarse para “pasarla nada más”, sino que esos encuentros tienen que tener un sentido. Para Topolansky, si no se construyen tareas colectivas, el mercado ocupa ese lugar y organiza la vida desde otra lógica: la del consumo, la oferta permanente y la satisfacción individual.
“El mercado nunca te va a proponer tareas colectivas”, sostuvo. Por eso, defendió la necesidad de encontrarse, de formar barras, de generar espacios cálidos y de sostener una comunidad capaz de darle contenido humano y político a la vida compartida.
«Ser pobre es no tener comunidad»
Topolansky recurrió a una definición de los pueblos Aymara para explicar el valor profundo de lo colectivo. Según recordó, para ellos una persona pobre no era la que tenía poca plata, sino la que no tenía comunidad. La mayor sanción, por tanto, era ser expulsado de esa comunidad, porque significaba quedar solo.
A partir de esa idea, vinculó la solidaridad con el origen mismo de la civilización. Mencionó el relato de una profesora que preguntaba cuál había sido el primer rastro de civilización encontrado por la humanidad. No eran las puntas de flecha ni los utensilios, sino un fémur quebrado y luego soldado. Ese hueso mostraba que alguien herido había sobrevivido porque otros lo cuidaron, lo alimentaron, lo protegieron y lo ayudaron a trasladarse.
“Ahí empezó la solidaridad y la construcción del colectivo”, señaló. Para Topolansky, esa enseñanza sigue vigente: la vida humana no se sostiene en soledad, sino en la capacidad de cuidar y ser cuidados.
También recordó el discurso de los cabreros del Quijote, que Pepe solía leer en su casa, donde aparece una referencia a tiempos en los que “lo tuyo y lo mío” no separaban. Esa separación, afirmó, es una construcción histórica y política. Frente a ella, la tarea es reconstruir comunidad.
Una juventud hija de su tiempo
opolansky valoró especialmente la creación de Gurises MPP, porque entendió que cada generación debe encontrar sus propias formas de militancia. Dijo que la juventud actual no puede organizarse igual que la juventud de otros tiempos, porque vive en un mundo completamente distinto.
Recordó que nació en 1944, antes de que terminara la Segunda Guerra Mundial y antes de que fueran lanzadas las bombas atómicas sobre Japón. “Era otro mundo”, señaló. Por eso, planteó que la juventud de hoy debe recrear la militancia de acuerdo a las circunstancias de su tiempo.
En ese sentido, reconoció que al comienzo hubo dudas en sectores más veteranos del MPP, pero afirmó que lo mejor fue dejar que los jóvenes hicieran lo que tenían que hacer. “El que comprende más el tiempo, el hoy, es el que lo está viviendo a pleno”, expresó.
Sin embargo, advirtió que hay elementos que permanecen. Uno de ellos es, justamente, el concepto de comunidad. Las formas pueden cambiar, los lenguajes pueden cambiar, las herramientas pueden cambiar, pero la necesidad de construir lo colectivo sigue siendo central.
La comunidad como tarea política
Topolansky insistió en que ninguna persona puede resolver completamente sola su vida. Siempre se necesita de otros: un sanitario, un médico, un vecino, un amigo, una organización, una mano cercana. Por eso, afirmó que la comunidad no es una abstracción, sino una herramienta concreta de vida.
“La herramienta fundamental es la comunidad”, dijo. Y agregó que esa herramienta no la va a construir nadie por fuera de la propia acción colectiva: “Si no la construimos nosotros, no será”.
Para explicar esa idea, relató una actividad realizada en la zona del Hipódromo de Maroñas, en un club de boxeo recuperado por compañeros y compañeras. Allí, un grupo de voluntarios sostiene un espacio deportivo, disciplinado y colectivo. Topolansky destacó no solo el entrenamiento físico, sino el clima solidario que se generaba entre quienes participaban: todos estaban atentos a cómo le iba al otro, todos aplaudían, todos compartían.
Ese mismo espíritu, contó, permitió luego pintar los juegos de una escuela que estaban deteriorados. La alegría no venía de una ganancia económica, sino de saber que, al volver a clase, los niños y niñas encontrarían ese lugar renovado por el esfuerzo de otros.
“Eso va generando una onda solidaria”, afirmó. Una onda en la que no se necesita que todo tenga precio, ni que todo se mida por interés o beneficio material.
La felicidad pública como meta
opolansky vinculó esta reflexión con una vieja consigna artiguista: hacer de la felicidad pública una meta real. Para ella, la felicidad no puede reducirse a la acumulación de bienes, propiedades o consumo.
Dijo haber conocido personas muy ricas que padecían una enorme soledad. Y retomó una advertencia frecuente de Pepe: alrededor de la riqueza muchas veces aparecen aduladores o personas interesadas, pero eso no equivale a tener vínculos verdaderos.
Por eso, planteó que lo primero que hay que construir es la conexión entre las personas: la amistad, la comunidad de vida, la solidaridad cotidiana. Sin eso, sostuvo, falta la herramienta principal para cualquier proyecto transformador.
También reivindicó el voluntariado y la acción solidaria como prácticas que tienen una recompensa profunda, aunque no sea contabilizada por el mercado. “Hay una recompensa que está en el alma. Y eso vale oro”, expresó.
Una barra que suplante con ventaja
Topolansky afirmó que una de las tareas que Pepe dejó planteadas fue la necesidad de construir una “barra” que pueda continuar y mejorar lo hecho por las generaciones anteriores. Por razones biológicas, dijo, algunos ya se están yendo, y por eso se precisa que otros tomen la bandera.
Pero advirtió que esa continuidad no puede construirse desde el individualismo ni desde la competencia interna. Si nadie deja crecer nada al lado suyo, si cada quien piensa solo en sí mismo, nadie podrá tomar esa bandera.
“La primera tarea que nos estaba pidiendo Pepe es una barra que nos suplante con ventaja y que se comprometa”, sostuvo. Pero ese compromiso, insistió, debe ser colectivo. Porque todas las personas tienen aspectos positivos y negativos, pero cuando se suman en colectivo pueden “mover montañas”.
El aniversario del fallecimiento de Pepe y las pequeñas cosas que sostienen la vida
Topolansky también se refirió al sentido de las tareas solidarias realizadas en mayo para recordar a Pepe. Explicó que la idea de “mayo solidario” parte de un concepto central: conmemorar no solo con palabras, sino con acciones concretas que expresen solidaridad.
Dijo que cada vez que un grupo se reúne para hacer algo, queda un recuerdo colectivo, una experiencia compartida y una alegría común. Las grandes cosas de la humanidad, afirmó, muchas veces nacen de esas prácticas simples: encontrarse, hacer, ayudar, construir con otros.
En ese sentido, destacó el valor de detenerse en medio de un mundo acelerado. “Tenemos que tener, en un mundo de locos y de velocidad, pequeños momentos como estos”, sostuvo. Momentos para parar, pensar juntos, decirse cosas y fortalecer vínculos.
También recordó que Pepe dejó mensajes concretos para quienes viven en La Chacra: cuidar el pasto, mirar los hormigueros, atender las pequeñas tareas cotidianas. Para Topolansky, esas no son cuestiones menores. Son las pequeñas cosas de la vida las que permiten que algo construido durante décadas siga funcionando.
Contra el aislamiento, construir relaciones humanas
Sobre el final, Topolansky alertó sobre las formas contemporáneas de dominación, que muchas veces actúan aislando a las personas. Dijo que es más fácil dominar a un individuo solo que a una barra organizada, y que buena parte de la civilización actual empuja hacia la soledad, la pantalla y la desconexión humana.
Esa destrucción de los vínculos, señaló, está relacionada con problemas de soledad, salud mental y falta de contención. Frente a eso, reivindicó el valor de una mano amiga, un hombro, una escucha, una palabra, un libro compartido, una tarde de sábado dedicada a pensar con otros.
Para Topolansky, una reunión como la organizada por los gurises y gurisas del MPP tiene una importancia que tal vez no siempre se percibe en el momento, pero que resulta fundamental para sostener la militancia y la vida colectiva.
Recordó que cuando empezó a militar, la organización en la que participaba tenía un promedio de edad de 22 años. “Nos quisimos comer el mundo”, dijo. Hubo errores, derrotas y también victorias. Pero lo que permitió llegar hasta acá fue la construcción colectiva.
Por eso cerró con una palabra que, para ella, resume el mensaje más importante de Pepe y la tarea del presente: comunidad.
“No se olviden nunca de esa palabrita. Comunidad. Para mí es lo más importante”, afirmó.
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