
Ayer la 609 y el MPP estuvimos haciendo fogones por todos lados. Hacía un frío bárbaro, pero al lado del fuego, con los compañeros y las compañeras, cada uno en cada zonal, nos las ingeniamos para encontrarnos y compartir distintas actividades. Algunos miraron una película para discutirla después, otros armaron charlas al rededor del fogón, otros cocinaron tortas fritas. Y estuvimos conversando sobre lo que significó para cada uno de nosotros haber compartido un pedazo de nuestra vida junto al Pepe Mujica.
Muchas veces he comentado que, cuando uno empieza a militar, siente que hay figuras señeras que siempre van a estar ahí. Pepe, Lucía y tantos compañeros y compañeras eran parte de esa tranquilidad: salir a jugar a la cancha sabiendo que estaban atrás.
Pensando qué decir hoy, me pareció importante traer parte de un discurso del Pepe que habla mucho del militante que estamos recordando. Ese Pepe que estuvo 13 años en un calabozo y nunca cultivó odio. Ese Pepe que salió y siguió militando. Ese Pepe que nos enseñó que triunfar en la vida es caerse y volver a levantarse.
Tres días después de salir de la cárcel, en marzo de 1985, Pepe ya estaba en un acto político. En aquel momento había que reconstruir todo: reorganizar la fuerza política, reencontrarse con quienes volvían del exilio y con quienes salían de la cárcel. Y ellos salieron a construir herramientas y futuro. No hubo calabozo ni cárcel que detuviera esa convicción.
En ese discurso, Pepe decía:
“Los medios materiales que tienen en sus manos los hombres de la Guardia Vieja son nada. Absolutamente nada. Somos la organización política más pobre del país. No tenemos máquinas de escribir, escritorios ni oficinas. No tenemos nada, salvo cicatrices. Sin embargo, los tenemos a ustedes y a muchos otros. Lo demás vendrá con la marcha”.
Y vaya si vino una enorme siembra de quienes dedicaron su vida a sembrar futuro.
Pepe también decía que nacimos para luchar por la igualdad y por el sueño de un hombre mejor. Y esa fue una de sus grandes enseñanzas: entender que no hay un premio al final del camino, que la lucha no termina nunca y que lo importante es ponerse al servicio de una causa mayor, particularmente de los más humildes.
Pepe nos enseñó que poner un plato de comida quizás no sea socialismo, pero vaya si es importante para la gente de abajo. Esa fue su práctica permanente en cada lugar donde le tocó estar.
También nos enseñó algo muy importante: las cosas verdaderamente importantes en política tienen que poder explicarse con sencillez. Hoy vivimos en un mundo de declaraciones rápidas y discusiones vacías, cuando en realidad no hay cambio posible sin un pueblo organizado y comprometido atrás.
Y nos enseñó otra cosa: a no ser dogmáticos. Pepe era profundamente libre de dogmatismos. Entendía que las sociedades cambian y que detrás de cada derecho conquistado hubo luchas enormes de cientos y miles de personas anónimas que hicieron la historia.
Tenía la capacidad de discutir grandes temas en Naciones Unidas y, al mismo tiempo, sentarse en cualquier asentamiento a conversar sobre las condiciones de vida de la gente más humilde. Ese es un aprendizaje enorme.
En aquel discurso del 85, Pepe también decía que lo importante no era el palito, sino la colmena; no el individuo, sino la construcción colectiva. Y esa sigue siendo la tarea que tenemos por delante: agrandar la fila del pueblo.
Decía:
“Lo primero son las tareas. Lo primero es organizar la fila. Lo segundo es soldarnos al pueblo. Lo tercero es educarnos y formarnos. Seguimos siendo, antes que nada, hombres y mujeres de acción. Hay acción en el trabajo, en la humildad y en la prédica sistemática de vivir como pensamos”.
Las tareas no cambiaron mucho.
Le debemos una enorme gratitud a Pepe. Pocas personas pueden dejar una coherencia tan profunda entre sus ideas, su ética y su forma de vivir.
Y si hubo algo que militó sistemáticamente fue la unidad del Frente Amplio. Esa sigue siendo la principal tarea de cualquier militante: cuidar y sostener esa enorme herramienta colectiva que tanto costó construir.
Pepe era agricultor y sabía que sembrar es un acto de amor y de paciencia. Siempre miraba lejos, pensando en el porvenir.
Lo que estamos haciendo acá no lo necesita Pepe. Lo necesitamos nosotros. Necesitamos reivindicar a ese viejo cascarrabia, querible, comprometido, austero y soñador.
Porque Pepe no se fue. Cada vez que se levanta una dignidad, cada vez que se pone un plato de comida sobre una mesa, cada vez que se construye una herramienta para que nuestro pueblo luche por sus derechos, ahí estará naciendo siempre Pepe.
Gracias, Pepe.
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