Topolansky: «Pepe está presente»

9 de junio de 2026

En entrevista con Eduardo Preve, Lucía Topolansky habló de José Mujica desde La Puebla, la chacra que construyeron después de la cárcel. Recordó el trabajo, la vida compartida, los últimos días de Pepe, su vínculo con el barrio y la comunidad que todavía se acerca a la tierra donde eligió quedarse.

Lucía Topolansky habla de Pepe en presente. No como una forma de negar la ausencia, sino porque en La Puebla, la chacra que construyeron juntos después de la cárcel, Mujica sigue estando en todas partes: en los árboles, en las herramientas, en la tierra, en la mesa donde tomaban mate, en la secoya bajo la que pidió que esparcieran sus cenizas y en la gente que todavía se acerca para estar un rato.

“Sí, porque está presente”, respondió Lucía cuando Eduardo Preve le señaló que hablaba de Pepe en tiempo presente.

La entrevista fue una conversación desde la vida: la cárcel, la salida, el trabajo, la chacra, las flores, el barrio, la política, la enfermedad, la despedida y una forma de entender el mundo donde la coherencia no era discurso, sino costumbre.

Una chacra hecha desde cero

Topolansky contó que, cuando salieron de la cárcel, una de las primeras preocupaciones fue cómo trabajar, había que organizar la vida, sostenerse y construir un proyecto. “Yo sostengo que la única política social de fondo es el trabajo”, dijo. “Tenés el trabajo, se te organiza la vida. Perdes el trabajo, se te desorganiza”.

Pepe empezó plantando flores, que era lo que sabía hacer, en el fondo de la casa de su madre. Lucía trabajó en la cantina de Arquitectura, donde los estudiantes le ofrecieron gestionar el lugar junto a otros expresos. “Me puse bolichera y con eso vivíamos”, recordó.

Mientras tanto, salían en bicicleta a buscar una chacra. Vivían “lo más gasoleramente posible” para ahorrar unos pesos. En la cantina sobraba comida y Lucía llevaba pan viejo a una vecina que tenía gallinas; a cambio, recibía huevos. “Hacía el trueque”, contó.

Un día bajaron por un camino y Pepe le dijo que le parecía que ahí se iban a quedar. Había dos casas, más primitivas que ahora, y una posibilidad de compra en cuotas. Juntaron lo que tenían, hicieron la entrega, asumieron tres cuotas durísimas y se quedaron casi sin nada. Incluso se habían olvidado de la comisión de la inmobiliaria. “Después de 12 años encerrado, qué te vas a acordar de la comisión”, ironizó Lucía.

Así empezó La Puebla.

La Puebla

La chacra siempre se llamó así, aunque recién ahora el nombre quedó puesto en el portón. Topolansky explicó que el nombre venía de una idea de Pepe, vinculada a la Puebla de Albortón, en Castilla, lugar relacionado con la familia de Artigas.

Allí llegaron “a cero kilómetro”, como dijo Lucía. El italiano que estaba antes les dejó una cosecha de zapallitos y zanahorias. Por eso, contó entre risas, conoce “todas las recetas habidas y por haber” con esos dos ingredientes.

Después vino lo demás: trabajar, plantar, vender flores, pagar la quinta, comprar tractores, recibir gente, hacer de la casa una casa abierta. “Fueron años de trabajo y de hacer algo que construimos entre los dos y que nos gustaba”, resumió.

Por eso, explicó, la presencia de Pepe en ese lugar es tan fuerte.

Topolansky recordó que cuando llegaron a la chacra, en el barrio ganaban los partidos tradicionales. Ellos eran “sapos de otro pozo”. Pepe iba al boliche y, cuando querían llevarlo a hablar de política, hablaba de agricultura. Era astuto, dijo Lucía, pero también sabía que la confianza se construye de a poco.

Cuando Mujica fue electo diputado, muchos pensaron que se iría. No se fue. Cuando fue senador, tampoco. Cuando fue ministro, tampoco. Y cuando fue presidente de la República, siguió viviendo donde había vivido siempre.

Entonces ocurrió algo que para Topolansky fue muy fuerte: quienes lo habían votado y quienes no, empezaron a sentirlo como “el presidente del barrio”.

“Eso fue un honor para el barrio. Nunca pensó el barrio que pudiera haber un presidente que viviera ahí”, dijo.

Las flores, el Cerro y un país entero en colores

Durante años, la chacra se sostuvo con flores. Topolansky recordó que la mayor venta se hacía en los cementerios, y que en Uruguay el cementerio que más flores consumía era el del Cerro.

El Cerro, recordó, fue Villa Cosmópolis, un lugar marcado por comunidades de inmigrantes que llegaban a trabajar en los frigoríficos y se asentaban allí. Para muchas familias, llevar flores al cementerio era una forma de seguir conectadas con sus muertos y con sus antepasados.

También recordó que los muertos tenían colores políticos. Los blancos llevaban flores blancas, los colorados flores rojas y la gente de izquierda, también rojas. Había que saber a quién ofrecerle qué. “No les fueras a ofrecer del otro color”, dijo.

Topolansky recordó que el día que más flores vendieron fue cuando murió Obdulio Varela, Pepe tuvo que ir varias veces a buscar más flores, hasta que al final la gente compraba casi “yuyos adornados” porque quería llegar al cementerio con algo en la mano.

Después, con la llegada del dengue y la prohibición del agua en los cementerios, ese mundo empezó a cambiar. Las flores artificiales desplazaron a las naturales y muchos productores desaparecieron. “Había 420 y pico de productores de flores, ahora si quedan seis es mucho”, señaló.

Entonces cambiaron. Guardaron un puñado de flores, al que llaman “la nostalgia”, y se pasaron a la alfalfa. Otra vez, la misma lógica de siempre: mirar la realidad, adaptarse y seguir trabajando.

La secoya, Manuela y la voluntad de Pepe

Con los años, Pepe empezó a hablar de la muerte con la misma naturalidad con la que hablaba de la tierra. Una persona amiga les llevó una secoya, un árbol imponente, que plantaron frente al lugar donde tomaban mate en verano, miraban el atardecer y conversaban con la gente que llegaba a la casa.

Allí también enterraron a Manuela, la perra sanducera que vivió 22 años con ellos.

Un día, cuando todavía no estaba enfermo, Pepe dijo que cuando muriera quería que lo cremaran y tiraran sus cenizas bajo ese árbol, al lado de Manuela. Lo repitió después, cuando la enfermedad ya estaba más cerca. “Él siempre fue partidario de devolver a la tierra, porque amaba la tierra”, contó Lucía. Y le cumplieron. Esparcieron sus cenizas bajo la secoya, en el lugar que había pedido.

Hasta el último tiempo, Pepe siguió dando indicaciones sobre la chacra. Dejó planes de trabajo y advertencias para el verano, incluso sobre el “pasto bolita”, una yuyo que no había que olvidar.

«Pobre es el que no tiene comunidad»

Topolansky recordó una de las ideas más profundas de Pepe: la peor pobreza es no tener tiempo. Para él, el consumismo no se pagaba solamente con plata sino también con el tiempo de vida que habías gastado para obtener esta plata.

La libertad, para el, tenía que ver con tener tiempo para hacer lo que a uno le hace feliz. Por eso hablaba de sobriedad, de los estoicos y de una forma de vida elegida. Lucía lo resumió con una frase aymara: Pobre es el que no tiene comunidad, «y a mi me sobra comunidad», dijo.

Esa comunidad se vio en su despedida. Topolansky contó que tomaron una decisión: solo habría dos banderas, la nacional y la de Artigas. Ninguna bandera sectorial. Ni del Frente Amplio ni del MPP. Porque Pepe era amplio y había que respetar eso.

La gente cantó, rezó, lloró, pasó en silencio o se expresó como quiso. Y el homenaje siguió hasta que pasó el último.

Lo que vale la pena

Al final de la entrevista, Preve le pidió un mensaje para las generaciones jóvenes. Topolansky habló de la convivencia, del amor y de la necesidad de distinguir lo importante de lo secundario.

“No te podés pelear porque hay un mate frío”, dijo. “La vida es mucho más importante”.

Advirtió que las relaciones humanas se han vuelto precarias, descartables, de “use y tire”, y que eso vuelve a la gente más sola e infeliz. Frente a eso, llamó a cuidar los vínculos, a disfrutar la relación humana y a vivir sin cálculo lo que vale la pena.

“Si te vas a convivir con alguien, si te enamoraste, zambullite con las dos manos y los dos pies, al mango. Que te quiten los bailado”, dijo. “Lo que vale la pena no te lo quita nadie”.

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